#ProfesionalesIgnífugos: ¿mito o realidad?

IMG_0796A veces me siento falsa. O impotente. O frustrada. O todo junto y potenciándose. Quiero que os sintáis bien leyendo mi blog; concretamente, leyendo esta sección, que quiere ser un repaso a los buenos momentos de la consulta en el último mes. Pero va a ser que no, que este mes voy a llenar el “ciberespacio” de más mierda (con perdón), porque ésto es cada vez menos sostenible.

Una de las consultas telefónicas de esta semana ha sido con un joven cabreado porque tiene un dolor en el pie, que no le permite caminar, que ya ha sido valorado en nuestro centro y que tiene cita con un especialista hospitalario el año que viene…

Uno de los correos electrónicos intercambiados con uno de mis colegas referentes en el hospital acababa con un “… Lo siento. Yo tampoco sé qué hacer con este caso.”.

Uno de los pacientes que vi estos días me dijo: “Me siento desamparado porque no encuentro una respuesta adecuada a mi problema…”. O peor aún: “Doctora, fui donde me dijo para reclamar y la puerta estaba cerrada. Me senté a esperar y me tuve que marchar una hora después, aburrido.”.

Damos una sesión a compañeros de profesión haciendo propuestas para mejorar un aspecto de la atención a los pacientes. La sesión es bien recibida. Están superatentos, concentrados en la exposición, haciendo preguntas y aportando ideas. “¿Y ahora qué?- pregunta alguien- ¿Cómo vamos a integrar ésto en nuestras apretadas agendas?”.

Asisto a una reunión con referentes de diferentes partes del territorio. El moderador nos saluda y añade algo así como:  “… mi agradecimiento porque estéis aquí es doble, porque sé lo difícil que es para vosotr@s abandonar la consulta sabiendo que mañana tendréis que afrontar el haber tenido la agenda cerrada hoy.”.

Domicilio urgente. Una persona que respiraba mal. Pierdo más de 15 minutos intentando obtener permiso para derivar a un centro que no es de referencia.  Conclusión: la atención hospitalaria se demora, en total, dos horas.

Yo no soy la mejor médica del mundo. Ni tan siquiera soy la que mejor trata a mis pacientes. Ni la compañera más colaboradora. Aún así, tengo un alto nivel de eficacia. En estos momentos esta eficacia no puede aumentar más porque tengo un STOP delante de las narices y mi única manera de saltarlo es mediante la queja sistematizada. Pues ahí vamos. Este ha sido mi primer paso, mal que me pueda pesar más adelante.

Creo que no es tan difícil de entender. La Sanidad, como la Enseñanza, es un saco roto donde el dinero se va en personal. Pero claro, esta es un visión a cortísimo plazo. Si yo soy capaz de invertir lo que toca en personal (es decir, en la verdadera e imprescindible tecnología que usa la Sanidad), la atención que ofrezco es excelente (con los debidos “controles de calidad”, que hasta ahora escaseaban), la salud de la población mejora y, por ende, los costes a largo plazo. Si entiendo por “atención” cualquier actividad que ofrezca beneficios en salud, dando el protagonismo que merece la atención en la comunidad, la atención social y la mejora del bienestar emocional, mi personal va a ser sanitario, sólo faltaba, pero voy a abrir mi mente a otros “actores” de la esfera de la salud y voy a poner el acento en crear sinergias con otros departamentos. Y ésto es una realidad sobre el papel, pero cuesta tanto girar los mecanismos para que sea una realidad sobre el terreno… ¡Me desespero!

Para que los proyectos lleguen a buen puerto necesitamos “mentes pensantes”, sí; pero lo que más se precisa son “ejecutores motivados”. Podemos querer vender la luna, pero si los compradores no nos dan su confianza, no se sienten valorados y, sobre todo, no tienen los recursos necesarios para llegar a la luna, nos van a dar la espalda. Y en estos momentos, señores, creo que quedan sólo unas poquitas caras mirándo…

Os dejo el enlace a un interesante artículo: “A barriga llena, corazón contento”, de Eparquio Delgado, una dura crítica a aquéllos que estamos enamorados de la Educación Emocional

http://www.eparquiodelgado.com/index.php/a-barriga-llena-corazon-contento/

Esta frase resume el sentido del texto: “… La cuestión es si resulta legítimo e incluso aceptable que nos dispongamos a enseñar a los niños y niñas a a regular sus emociones cuando se les niegan las necesidades más básicas.”. O traducido a lo que nos ocupa: ¿es legítimo exigirles ciertos estándares de atención a nuestros profesionales cuando no disponen de lo básico para hacer bien su trabajo?. ¿Que qué es lo básico?: desde mi punto de vista, tiempo (como no…) y niveles asistenciales accesibles y con respuestas adecuadas.

Un abrazo, de esos que hacen vibrar…

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Acerca de eBatega

Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria Máster en Educación Emocional y Bienestar Grupo-Programa Comunicación y Salud semFYC Grupo de Trabajo "Salud Basada en Emociones" semFYC
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